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2004 Al filo de Yañez

PORTADA

La Guadalajara de Yáñez es, mi Guadalajara

Por José Luis Meza Inda

No sé si por viejo, por memorioso, por nostálgico o porque amo tanto a mi ciudad y a la vida y me deleito mucho más en recordar cómo fueron, que tratar de soportar cómo son ahora, tengo una especial devoción por los primeros escritos de Yáñez, que por aquellos que le dieron mayor fama y proyección como literato y como político.

Sí, lo reconozco y admiro en sus novelas clásicas, tanto las de ambiente rural como las urbanas, la destreza tan envidiable que llegó a adquirir para manejar la palabra y su sabia manera de cortar tan limpiamente los gajos constructivos de sus períodos, en los cuales se mezclaban las más refinadas herencias clásicas con las más puras esencias naturales de nuestra habla popular; la habilidad que hubo para describir paisajes, escenarios y lugares y dar profunda vida a personajes, de pura invención o de realidad histórica, que fueron torales no sólo en los anales de la literatura jalisciense, sino inclusive de las letras nacionales; admiro asimismo, su manera de hilar capítulos e imprimir emoción a la trama, e inclusive, hasta su capacidad para ponerse al día en los aspectos formales y experimentales de la narrativa contemporánea en sus obras finales; pero con todo, lo que a mí más me llega, inclusive ahora, al repasarlo, es el caminar por las tierras de Nueva Galicia, espigar sus flores de juegos antiguos, compartir su pasión y convalecencia.

Obras de juventud, sí, tiernas, imprecisas todavía en su género, balbuceantes en su construcción, que quizá el propio Y áñez, ya encumbrado como altísimo académico de la Lengua, no le vestían demasiado y prefería olvidarlas; pero que si en los aspectos externos carecían de la mayor solidez con el resto de sus obras novelísticas, pensadas, estructuradas y edificadas como una maciza construcción literaria, armónica y trascendente, en cambio poseían y siguen poseyendo, al menos para mí, la claridad, la transparencia, la suavidad lírica y la belleza de lo original, de lo espontáneo, lo inmediatamente visto y sentido a flor de piel y labios en aquellos inolvidables momentos en que fueron escritas.

En esas prosas primigenias, tan poco nombradas, tan raramente leídas, tan escasamente reeditadas, encuentro yo con regusto, sobre todo «testimonios -que como dejara dicho el propio don Agustín- de aquella edad y siglo dichoso en que los gallos, aprisa, cantando querían quebrar albores… » .

Testimonios en efecto fueron de él mismo y de sus seres amados, de un tiempo pasado, de una Guadalajara irremediablemente perdida, de muchos rincones de nuestro Esta­do y de un puñado de gentes, sus costumbres, sus modos de decir, de hacer y sentir, que ciertamente ya murieron y están en desuso, es cierto; pero cuya descripción bajo la pluma fresca de Yáñez, tienen aún tal poder de convocatoria y tan singular capacidad de evocación que, quiérase o no, hacen volver el ánima nostálgica hacia atrás y revivir aquel bendito pasado como algo mejor y que egoístamente muchos hubiéramos preferido que se hubiese mantenido intacto, tal como nos lo dejó pintado el entonces joven escritor.

Nada mejor para entender y disfrutar más a quien escribe, que quien lo lee pueda sentir con él una profunda simpatía, en el sentido estricto de la palabra, de compartir su pasión; ya sea ésta el dolor de un mal sufrido, ya sea la alegría de un mismo bien gozado.

De Yáñez, nacido cien años ha, si bien no fuimos sus exactos contemporáneos, sí, en muchos aspectos, seguramente que sobrevi­vimos como sus lectores que pudimos compartir, en aproximada semejanza, el origen, el amor a la barriada, a los rincones de la ciudad y a sus alrededores; los usos, la educación elemental, los juegos, el ambiente familiar y de amistades, de aquellos años por él vividos y de los que inmediatamente siguieron, hasta que comenzó la violenta y acelerada transformación que hoy aquí se sufre.

Me gusta, pues, poder compartir con placer y melancolía al Yáñez escritor incipiente de la abuela Tomasita, de la madre amorosa, de la dulce tía Nico; al de las hermanas Rosa y Ángeles, al Yáñez de la calle de Francisco Zarco, al Yáñez mimado de la convalecencia, al vestido de monacillo y tirando misereres y kiries en Belén; al contrito penitente de Semana Santa o asistente contrito a los oficios a Jesús María, San Agustín o Santa María de Gracia. Siempre me gustó y me sigue agradando leer al Yáñez que se hace la pinta junto con sus condiscípulos, al vago y pícaro que deambula con la palomilla por el jardín del Santuario, el botánico, la alameda o el de San José con sus tabachines incendiados; al que se aventura hasta el jardín de Borrayo, a las Barranquitas, a Zapopan, a Atemajac, al Batán, a La Escoba, a Coyula, a Tonalá o hasta la barranca de Arcediano. Al romero entusiasmado que es llevado en jornada de tres días en burro, por caminos áridos, pedregosos y jalosos a Mascuala, Cuquío, Moyahua, Nochistlán, Yahualica o Mexticacán a venerar a la Virgen o al Cristo del Encino en Ocotes; al descriptor espontáneo de valles, sierras, hondonadas, ríos, corrales, ganados, ranchos y pueblos, peones, arrieros, huertas, iglesias, atrios silenciosos de la geografía jalisciense por él entonces descubierta.

Disfruto al Yáñez de los pregones, del Ave María Purísima, del miserere mei Domine y las jaculatorias, de los refranes, de los pregones, del campo y tablas de jugadores, de los danzantes y maritateros, del riquirrán y de las rondas infantiles; y sobre todo, me llega ese Yáñez que evoca aquella Guadalajara recoleta con su barriada del Santuario y sus casonas de zaguán, pasillo, cancel, corredor, patio y corral; la Guadalajara característica con sus colonias, su Mezquitán y sus cantinas, Analco y su Palacio de Medrano, sus iglesias de San Francisco, Aranzazú y Mexica1tzingo con sus agonizantes pitidos de trenes de vapor, música de fonógrafos y gritos de calandrieros; la Guadalajara de mujeres de rebozo terciado, señores de zapato rechinón, de amplios y limpios cielos, de noches con estrellas molidas, de armonías infinitas, de alboradas rotas por el kikirikí, de eternas y silenciosas tardes domingueras; la ciudad de tertulias vespertinas, de equipales en las banquetas, de huertas claroscuras, de locos sueltos y bohemios, de truenos de mayo, de tiempos de aguas, nublados húmedos y atormentados, de misa de diez, rosarios convocados por campanas y esquilas con sus dobles y repiques esparcidos por los cuatro vientos y en los que cada cual tenía su propia identidad.

Ésa es Guadalajara, ésos son los lugares, ésos los ambientes y ésas las gentes, que no sé si por aquello que dije arriba o por otra razón, al ser descritos y vitalizados por Agustín Yáñez en sus primeros libros, plenos de sinceridad e ingenua sencillez literaria, hacen que convoque recuerdos dulces y sabrosas añoranzas, que son semejantes a las que me suelen también producir, a veces, las prosas de Luis Sandoval Godoy, uno de los pocos escritores jaliscienses que ha tenido el ingenio y la figura de poder y saber evocar en muchos de sus ya incontables libros y textos, a las primarias andanzas descriptivas y narrativas de don Agustín.

Por voluntad propia, por afinidad espiritual, por afecto y admiración, siguiendo sus naturales y cultivados impulsos literarios esenciales hacia ese Yáñez original, es como Sandoval ha logrado recrear mucho de la obra de aquél, y aunque existen, es verdad, distancias y desniveles esenciales entre ellos, este cercano escritor ha tendido puentes de estructuras rectas o sinuosas, rampas circulares o espirales cuyo único fin ha sido acercarse en cuanto puede al ritmo interior, al espíritu, a la melodía y el colorido del maestro.

¿Quién mejor, pues, que Sandoval Godoy, podría aquí y ahora, que se celebra este fasto centenario del natalicio del escritor insigne, evocar su imagen y celebrar su talento, con el ánimo de constituir reflejo y reflexión de sus obras sacramentales de eminentes y profundos aromas tapatíos, con las cuales, fervorosamente comulgamos? ¿Quién mejor sería capaz de indagar y relatar la infancia y adolescencia, los juveniles arrestos y la asombrosa madurez creativa tan insospecha­damente alcanzada, y a mi parecer nunca más superada, por el creador de Al filo del agua? Pues claro que don Luis, su oficiante oficioso y pródigo seguidor de sus huellas; él a quien el propio Y áñez distinguiera con muestras de aprecio singulares, y en cuya prosa, seguramente don Agustín se miró de soslayo más de alguna vez en un espejo lejano, pero limpio y asonante.

Pruebas de todo esto se encuentran en las páginas que siguen, en estos ensayos compactos y lúcidos, fielmente apegados al estilo del hombre, y que cual mínimo grano cristalizado se añade humildemente a los grandes homenajes de este año, pero que aun en su parvedad, bien logran recrear la imagen y los años primeros de aquel señor escritor y de aquella Guadalajara bendecida y sus límpidos aledaños rurales, imposibles de recuperar, pero vueltos a gozar a través de las obras agustinianas de iniciación, y también mediante la untuosa y suculenta sapidez de la prosa de este escritor que tan acicaladamente las evoca.

225 hojas en una sencilla edición que será replicada en 2009 nuevamente. Presentación de Jose Luis Meza Inda.

El libro Al filo de Agustín Yáñez terminó de impri­mirse el día 4 de febrero de 2009, en el Taller Editorial la Casa del Mago en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, México.

La edición consta de 1000 ejemplares y el cuidado estuvo a cargo de Luis Sandoval Godoy y de Hermenegildo Olguín Reza.

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Para hacer contacto con el autor Luis Sandoval Godoy:

  • Luis Sandoval Godoy
  • Garibaldi No. 218
  • Col. Centro C.P. 44270
  • Guadalajara, Jalisco.
  • Teléfono:   (52)(33)  3613-9090
  • Email directo: rinconesyrinconadas@hotmail.com

(Podrá escribir sus comentarios en este blog, pero recomendamos utilizar nuestra cuenta directa de comentarios@iconogdl.com )

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2 comentarios

  1. hola, donde puedo adquirir sus novelas? soy maestra y quisiera que mis alumnos pudieran leer sus obras. gracias por atender. saludos.



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