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2012 Por el Signo de la Cruz

Poirtada Rubén Adame

Por el signo de la cruz…

San Román Adame  

Luis Sandoval Godoy

                                                                               

Guadalajara, Jal.

PROEMIO

Tomás de Hijar2Después de leer el mecano escrito inédito Por el signo de la cruz. San Román Adame, de Luis Sandoval Godoy, me pregunto por enésima, vez el motivo por el cual los custodios de la fama de santidad de los mártires mexicanos han optado por separar sus vidas, colectivizar su sacrificio, usufructuar su sangre, y mantener bajo llave, tal vez no de forma dolosa, pero sí imputable, su memoria…

¿Cómo sostener la devoción y el culto a estos testigos del amor de Dios, sin dar a conocer, paso a paso, su itinerario existencial, el envés y el revés de su obra, sus luces y sus sombras, su días fastos y nefastos? ¿Cómo prender, siquiera con alfileres, mediante un decreto, aunque sea papal, lo que la flaca retentiva de las nuevas generaciones desconoce o ha olvidado?

Sin embargo, don Luis me da una respuesta satisfactoria: porque que los verdaderos custodios de esta recordación no son directamente los señores eclesiásticos que ahora encabezan los lugares por donde vivieron y transitaron estos mártires. Ellos cumplen un oficio, administran, cuidan, tutelan tantas cosas… Es la gente de ese lugar, los descendientes de quienes recibieron el fruto de su ministerio y martirio la que debe secundar y aun acometer lo que sus pastores legítimos no han llevado a feliz puerto por causas diversas.

Lástima que en un país como México, los fieles laicos de la talla del autor de este texto se cuenten con los dedos de una mano, y que iniciativas como la suya deban alentarse por la sola satisfacción del deber cumplido y hasta invirtiendo del propio peculio la edición de la obra.

Pero más lamentable sería que el ejemplo dado por Luis Sandoval en este libro, que concluye con él una no planeada trilogía de los santos mártires que vivieron en su entrañable San Juan Bautista del Teúl: José Isabel Flores Varela, Agustín Caloca Cortés y Román Adame Rosales, nunca se hubiera cristalizado en otros tantos textos autónomos que ahora tenemos, bien documentados, escritos en una prosa limpia y poética a ratos, como salida de la esencia de un pueblo que ya sólo vive en los recuerdos del amanuense, perpetuado, empero, para nosotros y los que vengan, en letras de molde y con la fina sensibilidad de alguien que dedicó buena parte de su producción literaria a rescatar y darle forma al lenguaje coloquial de un microcosmos, de una región, de una comarca.

Breve y enjundioso es el contenido de esta semblanza de uno de los veinticinco mártires canonizados por el beato Juan Pablo II hace doce años, 21 de mayo del 2000, en la basílica de San Pedro, en Roma, el de mayor edad de todos. Sus fuentes han sido el archivo particular del autor, bien documentado en noticias relativas a San Juan Bautista del Teúl; el del Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Guadalajara y la copia pública del proceso de canonización de este mártir.

En sus páginas nos enteramos de lo que hasta ahora se conoce y lo mucho que se ignora de san Román Adame. No sabemos nada de la primera parte de su vida ni de su estancia en el plantel levítico tapatío y apenas sí tenemos alguna alusión en torno a los inicios de su ministerio; no se obtuvo nunca, durante el proceso, como era deseable, un enlace con las personas de su parentela que pudieran darnos datos para colmar esos huecos; hay, empero, algunas opiniones e informes muy valiosos, que entre sí se complementan y enriquecen, merced a los cuáles entendemos la primera parte del título de esta obra: Por el signo de la cruz, y así nos lo advierte el autor en su exordio, que tales fueron las vicisitudes que debió sortear durante toda su vida un varón apacible, prudente, bondadoso, de acrisolada virtud y celo pastoral admirables y, no obstante ello, perseguido por la calamidad… o premiado con la cruz.

¿O no fue Jesucristo, a quien sirvió y amó con todas sus fuerzas el ejemplar párroco de La Yesca, San Juan Bautista del Teúl y Nochistlán, quien dijo a los suyos, con todas sus letras: “Felices ustedes cuando los injurien, los persigan y los calumnien de todo por mi causa” (Mt. 5,11-12).

Sobre aviso no hay engaño. Y así lo encarnó san Román, confinado al empobrecido pueblecillo de La Yesca, parroquia remota y considerada como de castigo en la arquidiócesis de Guadalajara por los clérigos de poltrona y banqueta, misa y olla. ¿Qué hiciste para que te castigaran de esa forma? Debieron pensar o decir los contemporáneos del santo.

Su obediencia alcanza tintes de heroicidad cuando la calumnia de los cristianos fríos del Teúl y el fuego ‘amigo’ de los de Nochistlán se ceban en la mansedumbre del varón prudente, al que tachan de poco enérgico, si bien tendrá luego los arrestos de llevar hasta las últimas consecuencias la opción fundamental que hizo cuando abrazó el ministerio sagrado y no consintió en profanarlo medrando con él, usándolo para acumular bienes, poder, prestigio.

Que esto creyó y en esto esperó san Román, no podemos dudarlo, y que ya en el patíbulo tuviera la compañía de un súbito converso, al que deslumbró la entereza del varón maduro y cribado por la vida, como para morir con él nos lo confirma. Por eso, estemos ciertos que la corona del martirio no es accidental ni fortuita, sino un regalo para los preferidos, aquellos para los cuáles el Señor vaticinó: “Alégrense y estén contentos pues la paga que les espera en el cielo es abundante. De ese mismo modo persiguieron a los profetas anteriores a ustedes”.

Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Cronista de la Arquidiócesis de Guadalajara

Para ir a la obra dar un clic en la imagen superior.

Para hacer contacto con el autor Luis Sandoval Godoy:

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LSG 86 años

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