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2014 Placencia Pueblerino

Bienvenido a la obra de Luis Sandoval Godoy

Bienvenido a la obra de Luis Sandoval Godoy

Placencia, Pueblerino

Alfredo R. Placencia, a salto de mata entre el tiempo y la eternidad

Estas líneas anteceden el libro Placencia, pueblerino, trabajo mediante el cual don Luis Sandoval Godoy redondea lo que comenzó con otro título: Alfredo R. Placencia. Dolor que canta (La Casa del Mago, 2009), donde reconstruyó la vida ministerial del sacerdote poeta sirviéndose de su expediente de vita et moribus clericorum, sajando para siempre con ello la versión según la cual el poeta sufrió el acoso de sus superiores eclesiásticos, siendo en realidad todo lo contrario: gozó de la estima de los mismos, sufriendo, en cambio, los escollos de la durísima persecución religiosa que comenzó en estos lares hace un siglo, en 1914.

La fragmentación de la fe católica en España y sus antiguos dominios de ultramar, incluyendo a México, se postergó 300 años en relación a la acaecida en el viejo continente durante el siglo XVI, momento a partir del cual tanto la reforma luterana como la católica, impulsarán, sin proponérselo, la desacralización del principio de autoridad ostentado por los reyes, que estallará a la vuelta de dos siglos, en torno a la Revolución Francesa, minándolo de forma irreversible.

Este suceso dará pie tanto en Europa como en la América hispana a un combativo y trepidante proceso que abarcará todo el siglo XIX y las primeras décadas del XX, el debate de la modernidad, en el cual se forjó, de soslayo, la vida del bardo jalisciense Alfredo R. Placencia (Jalostotitlán, 1875 – Guadalajara, 1930).

Un escritor de tantos quilates como el recién fallecido José Emilio Pacheco lo elevó al rango de “nuestro mejor poeta católico”, pero ¿qué es un poeta ‘católico’? Alguna vez le oí decir a fr’Asinello (Benjamín Sánchez. 1923-2011), autor del aclamado ‘Romancero de la vía Dolorosa’- que compuso el conjunto de su breve y muy cuidada obra la compuso a costa de grandes fatigas y sólo impelido por el deseo de facilitar a sus lectores el conocimiento y la cercanía con los misterios divinos: Jesucristo, los sacramentos y la piedad cristiana. Él sí era un poeta católico.

Otros, como Amado Nervo, Ramón López Velarde o Carlos Pellicer, redactaron poemas enraizándolos en su fe, aunque puestos en el trance de elegir entre ser o no etiquetados por ello como ‘católicos’ creo que habrían respondido como el converso anglo-francés Julien Green (1900-1998) cuando lo tildaban de tal: “no soy un escritor católico, soy un católico que escribe novelas”.

¿Alfredo R. Placencia, presbítero que fue del clero de Guadalajara, cabe en alguna de estas dos categorías? No lo parece. En su profundo ensayo ‘Muerte y resurrección de la cultura católica’ Gabriel Zaid dice que hasta mediados del siglo XIX aplicar este calificativo a un literato mexicano hubiera sido ocioso porque hasta ese momento todos los escritores profesaban públicamente esa fe y como tales pensaban, sentían y escribían.

Pues bien, a ese linaje pertenece Placencia, aun cuando su vida discurrió en el medio siglo siguiente y sólo leyéndolo como si hubiera formado parte de la etapa generacional previa a la suya -antes de 1856-, entendemos por qué excluyó de su pensamiento la confrontación con los ideólogos reformistas y procuró no involucrarse con los detractores de éstos.

Puestos en la necesidad de explicar la decisión de nuestro autor a no tomar parte en la enconada postura de los ‘liberales’, que de anticlerical se volvió anticatólica, ni la de los ‘conservadores’, que por salvar el árbol le pegaron fuego al bosque, advertimos un impulso superior al de los escritores de su tiempo: su total desinterés a presentarse como piadoso o impío, ya que no fue ni lo uno ni lo otro, aunque a veces parece participar de ambas cosas.

Considerarlo un poeta católico o un católico poeta no le hace justicia y enjuta la amplitud y llaneza de su obra. Fue, ciertamente, un buscador comprometido con un sólo deseo: alcanzar la verdad. Pero, ¿qué es la verdad?, increpa al Divino Preso, con ironía, el Procurador romano Poncio Pilato. La verdad es Cristo y todos aquellos que se configuran con Él tomando su cruz de cada día y acompañándolo en su dolorosa pasión, responde Placencia a través de composiciones literarias que transpiran la cotidianeidad de un católico situado al margen de las disputas ideológicas, sectarias y doctrinales que enfrentaron a las clases rectoras en este suelo por aquellos años.

Apelando a un lenguaje llano, nada rebuscado, preciso y lapidario, nuestro poeta tomó distancia de las disquisiciones eruditas del teólogo, del biblista, del místico y del orador apologeta. Sus poemas sólo aspiran a ser una confesión de su yo íntimo como forma concreta de exhibir “su” verdad: la de su historia personal y familiar, cribada en el dolor y la angustia; la de la incertidumbre y la congoja; la de los achaques de una sensibilidad tan fina que a ratos se tornaba en neurastenia…

La virtud de la fe en los poemas de Placencia no es la del seminarista ni la del eclesiástico –alguna vez, por excepción, sí-, sino las creencias del chamaco que arribó al Seminario con un bagaje que expresará en los años venideros colocando la palabra a una altura de crudo verismo, sin ocultar o negar su identidad cristiana y clerical pero sin replegarse en ella.

Poeta integral, directo y legible, sus composiciones destilan gota a gota, como los poros de un filtro de piedra, el agua fresca donde pueden mitigar la sed de eternidad quienes la escancien tanto a media jornada, al comenzar la tarde o al anochecer.

Placencia le canta a la vida desde una intimidad nada distante de lo que pasa ante sus pupilas, aunque más atento a los recuerdos o a las nimiedades de las que se rodea para sentirse anclado al tiempo: su perro, su saxofón soprano, sus libros…

Si sus composiciones están aderezadas en buena parte con la sal y la hiel de la congoja, atribuyámoslo a su coherencia, pues “el que vive intensamente la vida, el que no la vive a saltitos, sabe lo que es el dolor”, ha dicho Ana María Matute. Lo que no hay e Alfredo R. Placencia Jáuregui es amargura y sí un deseo patente de gozar de un estado de beatitud sin fin.

Orillados a condensar su paso por el tiempo, recordemos que fue el primogénito de un sastre que pronto lo dejó huérfano y cuya memoria idealizó al grado de añadir a su nombre de pila la letre r, inicial del de su progenitor, Ramón, y de una madre, Encarnación, emocionalmente inestable, a quien sin embargo respetó y honró hasta el final de su vida.

Nacido en Jalostotitlán, Jalisco, el 15 de septiembre de 1875, tuvo sólo una hermana, Cristina, y un hermano, Higinio. La primera fue religiosa (sor Eulalia, pasó a llamarse) y murió en 1918. El segundo fue célibe, se enroló en la milicia y murió en combate, en Jerez, Zacatecas, unas horas después de su colateral.

Alfredo ingresó al Seminario Conciliar de Guadalajara a la edad de 12 años. Pulió sus dotes intelectuales en el plantel levítico al lado de muy brillantes condiscípulos, los cuáles luego descollarán en la vida pública, como el siervo de Dios Miguel M. de la Mora, don Pascual Díaz Barreto -futuro arzobispo primado de México-, san Cristóbal Magallanes Jara, el aclamado orador José María Cornejo y el no menos brillante literato, de trunca vida, Salomé Gutiérrez; Ausencio Lomelí, también literato, y el destacado promotor social Antonio Correa Cambero.

Se ordenó presbítero al servicio de la Arquidiócesis de Guadalajara el 17 de septiembre de 1899 y ejerció su ministerio en esa Iglesia particular los restantes 30 de su existencia, en muchos destinos, casi todos marginales: Nochistlán, San Pedro Apulco, Bolaños, San Gaspar, la Capilla de Jesús en Guadalajara, Amatitán, Ocotlán, Temaca, Portezuelo, Jamay, El Salto, Acatic, Tonalá, Atoyac, San Juan de los Lagos y Valle de Guadalupe.

En 1920, ya sin familia consanguínea, en la más estricta reserva, tuvo con Josefina Cortés un descendiente, Jaime, al que quiso y protegió en lo que pudo. En 1923 estuvo en Los Ángeles, California, atendiendo a católicos inmigrantes; juntó algunos dólares y con ellos costeó tres poemarios: El libro de Dios, El paso del Dolor y Del cuartel al claustro.

Aunque no figuró entre los corrillos y cenáculos literarios de su tiempo, tampoco se mantuvo al margen de la vida intelectual de la capital de Jalisco, dando a publicar de vez en cuando algunos fragmentos de su producción e involucrándose con la pujante generación de jóvenes del grupo que ahora llamamos de Bandera de Provincias, entre ellos Agustín Yáñez y Alfonso Gutiérrez Hermosillo.

En 1929, huyendo de la guerra cristera, se refugió en la república de El Salvador. De nuevo en México, residió en San Pedro Tlaquepaque, aunque no mucho después, el 20 de mayo de 1930, murió en una pobre vivienda por el rumbo del Santuario de Guadalupe de Guadalajara.

Cuando esto pasó, su obra inédita vino a parar a manos de Luis Vázquez Correa, el cual la dio a la luz en 1959. El poeta Ernesto Flores Flores compiló la obra dispersa de Placencia y con un estupendo estudio biográfico y literario formó el libro que bajo el título ‘Poesía completa’ publicó Fondo de Cultura Económica en el año 2011.

Ahora, en vigorosos textos y selectas tomas fotográficas que recogen la fisonomía de nuestros pueblos, patente en las enhiestas torres de sus templos, el Placencia, pueblerino de Luis Sandoval Godoy reconstruye el derrotero del padre Placencia por los veintitantos destinos que le fueron asignados durante su ministerio sacerdotal, restaurando estas páginas, como de paso, el ámbito vital donde el trovador compuso casi todos sus versos.

A Alfredo R. Placencia no le fue accidental su investidura ni sus ejercicios líricos. A lo uno arribó después de muchos años de discernimiento y la sostuvo incluso en esos momentos en los que su humanidad le pedía el calor de un hogar. A lo otro le empujo la necesidad personal de compartir sus emociones y el dominio de una disciplina que sólo se alcanza con talento, sensibilidad y perseverancia en emborronar muchos pedazos de papel hasta dar con la palabra precisa para recrear una metáfora, sostener una frase, exponer una idea o insinuar una serie de pensamientos.

Cuánto influyeron en su obra sus ires y venires por los pueblos de Jalisco y Zacatecas, las gentes y sus lances, el paisaje y la atmósfera, los episodios fastos y no, nos lo propone con sutileza y donosura don Luis Sandoval Godoy en las páginas que siguen.

Templo de Santa Teresa de Guadalajara, 10 de agosto del 2014

Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

Para mas información sobre esta obra favor de escribirnos o de dirigir sus comentarios a Luis Sandoval Godoy en Guadalajara, Jalisco México.

Para hacer contacto con el autor Luis Sandoval Godoy:

  • Luis Sandoval Godoy
  • Garibaldi No. 218
  • Col. Centro C.P. 44270
  • Guadalajara, Jalisco.
  • Teléfono:   (52)(33)  3613-9090
  • Email directo: rinconesyrinconadas@hotmail.com

 

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